La primera anotación en la libreta de Julian Barnes, después de que le dijeran que tenía un cáncer incurable, fue escueta y precisa: "Este es el principio del final". No es el comienzo de una tragedia. Es el comienzo de Despedidas (Anagrama, 2026), el último libro del célebre autor inglés. Barnes tiene 80 años, un diagnóstico de leucemia, "aunque tratable", precisa él con su habitual exactitud y la determinación firme de cerrar su carrera literaria de la única manera que le haría honor: con inteligencia, humor y una honestidad que incomoda en el mejor sentido.
Despedidas es un artefacto híbrido, difícil de clasificar. Hay memorias, hay ensayo, hay un atisbo de ficción, hay digresiones sobre Proust y la ciencia cognitiva de la memoria. Pero sobre todo hay dos historias que se trenzan con destreza: la del propio Barnes enfrentando el declive del cuerpo, y la de Jean y Stephen, dos amigos a quienes prometió que nunca escribiría sobre ellos. Los conoció en Oxford, los presentó, se enamoraron, se separaron, y cuarenta años después volvieron a encontrarse, de nuevo con su mediación, para darle otra oportunidad a algo que había quedado inconcluso. Es la historia dentro de la historia, y es, a su modo, la más tierna del libro.
Jean es inteligente, espontánea, implacable. Hay una escena en que le confiesa a Barnes algo sobre Stephen que explica :
–En aquellos tiempos, cuando éramos estudiantes, Stephen era, cómo decirlo, un amante vigoroso pero mediocre.
–Eso suena cruel.
–Claro que lo es, pero la vida es cruel, el sexo puede ser cruel y dentro de veinte años estaremos todos muertos. Así que te voy a contar la verdad, y que no se te pase por la puta cabeza usarla, ni siquiera camuflada en alguna novela donde yo me llame Jeanette, y Stephen, Stuart.
–Vale –dije, demasiado interesado en no prometérlo.
Barnes rompió la prosa con sus amigos pero no con los lectores y, finalmente, escribió sobre ellos.
La memoria es el otro gran territorio del libro. El autor no la trata como un bien preciado sino como un narrador poco fiable, caprichoso, que reescribe el pasado según sus propias conveniencias. Proust aparece con su magdalena, la neurociencia asoma con sus advertencias, y los diarios que Barnes ha llevado durante años funcionan como correctores implacables de sus propios recuerdos. El libro se construye, en parte, sobre esa tensión: lo que creemos recordar versus lo que realmente ocurrió.
El envejecimiento tambien lo desvela: “Dos agudas observaciones sobre el envejecimiento. De mi mujer, Pat, que era seis años mayor que yo: ”A medida que envejeces se endurecen tus rasgos menos aceptables. De mi pareja, R, que es dieciocho años más joven que yo: Tienes permiso para ser viejo, pero no para comportarte como un viejo. La cabeza y el corazón rigen mientras el cuerpo declina. Pero mejor así que al revés"
Ni autocompasión ni épica del final. En Despedidas hay lucidez. Que es, al cabo, la única forma de dignidad que Barnes ha reconocido siempre.
El último libro de Barnes no es un testamento solemne. Es más parecido a una conversación larga y honesta con alguien que sabe que se va pero no tiene apuro y que todavía tiene cosas interesantes que decir. Él sugiere que la literatura es, por encima de todo, eso: una conversación que no debería cortarse de golpe, sino apagarse poco a poco, con elegancia y pudor. Y claro que lo logra. #AgenciaNA