Polémica

El ojo del arte en la Bienal de Venecia: hervideros políticos y remansos de calma

LA PLATA, 18-05-2026 | PUBLICADO POR REDACCIÓN

La feria reflejó un presente turbulento marcado por conflictos globales, con pabellones e instalaciones convertidos en trincheras y refugios simbólicos.


El encuentro que debía reunir el arte del mundo más sensible, en baja frecuencia, voz susurrante, sensibilidad y poesía, resultó ser un hervidero político lleno de tensiones. La 61ª edición de la Bienal de Venecia, en la más hermosa de las ciudades, transcurre en sus dos sedes, Giardini y Arsenale, pero se expande por calles y canales, en muestras colaterales, acciones performáticas y también manifestaciones.

En un mundo sin paz, el arte que lo refleja o sueña con cambiarlo no podía ser un remanso, como lo imaginó la curadora  Koyo Kouoh, quien pensó y seleccionó las líneas generales del encuentro que reúne a 100 participaciones de bandera, representantes de naciones o ciudades y 31 eventos paralelos bajo el título de esta edición In Minor Keys, o En tonos menores.

La Bienal es algo así como el teatro de las naciones, donde los principales países tienen sus propios pabellones, especies de templos o mausoleos con su nombre grabado en piedra en los jardines Giardini, sede principal (los más grandes son el de Alemania, Gran Bretaña, Francia o España). Pero también hay siete  países que participan por primera vez  en modestos espacios dentro de los Arsenales, antiguos astilleros que se sumaron a la Bienal cuando creció de tamaño y participantes. Incluso hay pabellones fuera de la sede, donde están muchos de los países que participan por primera vez: la República de Guinea, la República de Guinea Ecuatorial, la República de Nauru, Qatar, la República de Sierra Leona, la República Federal de Somalia y la República Socialista de Vietnam. El Salvador participa también por primera vez con su propio pabellón. Cada país, ciudad o nación reconocido por la República Italiana puede solicitar su participación de forma independiente.

Ocurrió que la primera mujer africana en curar la Bienal, es también la primera que lo hace post mortem. Asignada para esta edición, Koyo Kouoh, murió pocas semanas antes del comienzo del encuentro, pero todo siguió tal como lo había planificado. Su equipo, presidido por Solange Farkas e integrado por Zoe Butt, Elvira Dyangani Ose, Marta Kuzma y Giovanna Zapperi, sintió la necesidad de ser consecuente con su mensaje de paz y pidió excluir a Israel y Rusia de los participantes, porque sus actuales líderes son acusados por crímenes de guerra por la Corte Penal Internacional. El arte no mira al costado, en pleno contexto de la invasión a gran escala de Ucrania y del genocidio en Gaza. Más de 200 artistas, curadores y trabajadores culturales exigieron la exclusión de Israel en plataformas como Art Not Genocide Alliance (ANGA). El colectivo feminista Pussy Riot junto al grupo FEMEN, marchó con sus capuchas rosas todos los días y bloquearon el pabellón ruso con humo rosa y pancartas. La Unión Europea amenazó con retirar sus dos millones de euros de financiación y, finalmente, el pabellón de Rusia solo estará abierto unos pocos días.

En medio de estas tensiones diplomáticas, Fundación Bienal, encabezada por Pietrangelo Buttafuoco, reivindicó su neutralidad. “En respuesta a las comunicaciones y solicitudes de participación de diversos países, la Bienal de Venecia rechaza cualquier forma de exclusión o censura de la cultura y el arte. La Bienal, y por ende la ciudad de Venecia, reafirma su posición como espacio de diálogo, apertura y libertad artística, fomentando la cercanía entre pueblos y culturas y trabajando siempre por el fin del conflicto y el sufrimiento”, respondió la organización en un comunicado. Entonces, una semana antes del comienzo de la muestra, el jurado completo renunció. No hubo premiación ni León de Oro para nadie. Los premios serán entregados al cierre de la bienal, en noviembre, y el ganador será el más votado por los visitantes. Así las cosas.

No solo el jurado sentía como una provocación la inclusión de Rusia (que en la edición pasada cedió su espacio a Bolivia en una salida elegante) y de Israel, que para bajar el polvorín se mudó al último rincón de los Arsenales, con la excusa de reformas en su pabellón oficial de los Giardini (justo al lado del de Estados Unidos). Las protestas se hicieron oír en los pasillos y en las calles, con una huelga general al tercer día de apertura y con choques con la policía, que fueron una constante presencia en la puerta de las dos delegaciones. Surgió un concepto interesante: el artwashing, el lavado de imagen a través del arte, que sería algo así como la utilización del arte y la cultura para limpiar la reputación de individuos, corporaciones o gobiernos. 

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Ucrania dijo presente, pese al asedio ruso, con Origami Deer una obra emblemática que da la bienvenida a la Bienal. En el ingreso a los Giardini, una grúa sostiene en el aire un ciervo que parece hecho de origami, pero es de hormigón armado. La pieza se encontraba originalmente en Pokrovsk, en el emplazamiento de un antiguo avión nuclear soviético, pero fue evacuada en 2024 bajo la agresión rusa. Es un símbolo poderoso de la incertidumbre y el desplazamiento forzoso del pueblo ucraniano. En cambio, dentro del pabellón de Rusia, hay flores pero el sonido aturde y se impone sobre el visitante con la música de un dj a todo volumen.

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Algo más: la República Islámica de Irán se retiró de la bienal sin dar explicaciones pocos días antes de la inauguración. Y el Pabellón de Sudáfrica está vacío, porque censuraron a último momento la obra Elegy, de Gabrielle Goliath, que homenajea a artistas mujeres. Una de ellas era la poeta palestina Hiba Abu Nada, fallecida en un ataque aéreo en Gaza en 2023. La artista presenta su obra de manera independiente en la iglesia de Sant'Antonin, y es una de las obras más hermosas del encuentro. Un canto sostenido por mujeres, que no sesga. Una resistencia.

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¿Y qué hay del arte? ¿Son los  artistas responsables por los crímenes de sus gobernantes? Los artistas muchas veces aclaran que representan a sus pueblos, no a sus líderes. Eso declaró Alma Allen, el artista autodidacta del pabellón de Estados Unidos, país al que también pedían excluir. Su elección estuvo teñida de polémica, porque fue un poco a dedo, saltando al comité de notables que acostumbra decidir el envío. Las últimas ediciones habían elegido a Jeffrey Gibson, primer artista de una comunidad indígena cherokee en representar al país y a Simone Leigh, la primera artista negra que EE UU envía a Venecia. Quizás no querían arriesgarse a que el comité mandara, por ejemplo, ¿a un inmigrante latino? Las obras de Allen son esculturas de gran tamaño de formas abstractas y biomórficas, una obra estéticamente segura, sin contenido sociopolítico. Por aceptar la invitación, Allen fue excluido de las dos galerías que lo representaban, pero rápidamente lo incorporó una de las más poderosas, Gagosian. Su obra es sólida, con una historia de vida atrapante y un mercado propio. No era para menos.

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A todo esto, la propuesta inicial de la dulce Koyo de una bienal dedicada a las tonalidades menores, a la escucha, al susurro, a la tranquilidad, a las bajas frecuencias, a la poesía; una bienal que rechaza el horror para encontrar los oasis y las islas donde se salvaguarda la dignidad de todos los seres vivos, se puede ver en la exposición central que curó con este criterio. Participan ciento once artistas individuales, dúos colaborativos, colectivos y organizaciones lideradas por artistas que provienen de diversas geografías y regiones seleccionadas por Koyo, con una gran mayoría del Sur Global. Aunque distantes, logró encontrar resonancias, afinidades y convergencias entre prácticas de El Salvador, Dakar, San Juan, Beirut, París o Nashville.

Algunos pabellones nacionales se hicieron eco y construyeron remansos. Por ejemplo, el argentino, donde se presenta Monitor Yin Yang, una instalación de sitio específico del artista Matías Duville (Buenos Aires, 1974) que transforma el espacio en un territorio transitable construido sobre 30000 kilos de sal, donde Duville dibuja con carbón. El público se sumerge en el dibujo y camina por un sendero sintiendo el ruido crujiente de la sal bajo sus pies. Se escucha una composición sonora original desarrollada por Centolla Society (proyecto de Duville junto a su hermano Pablo) en colaboración con Alvise Vidolin y el equipo del Centro di Sonología Computazionale (CSC) de la Universidad de Padua. El sistema integra datos ambientales de la ciudad de Venecia en tiempo real, como variaciones en la calidad del aire, partículas en suspensión y condiciones atmosféricas, que se traducen en transformaciones del sonido: densidad, intensidad, textura y desplazamiento.

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“La obra funciona como una cartografía abierta. No representa un lugar específico, sino un espacio que se activa con el movimiento. Cuando caminas, no estás viendo el dibujo desde afuera: estás dentro. Cada recorrido modifica la superficie y el paisaje nunca es el mismo. Me interesa esa tensión entre control y deriva, entre algo que parece organizado y algo que se transforma constantemente”, cuenta el artista. La obra fue adquirida por la coleccionista y mecenas Ama Amoedo, heredera en todo sentido de su abuela, Amalita.

Hay dos cuestiones a analizar en el caso de los pabellones nacionales: cómo fue elegido el artista, y quién pagó por el envío y con qué presupuesto. Hay espacios donde se nota una inversión de varios millones. La obra de Duville llegó a Venecia elegida por concurso público, votada por un jurado intachable, pero sin un peso: no tuvo apoyo económico estatal, y todo el desembarco fue autogestionado. Deberían darle un premio sólo por esto a la organización que logró mover toneladas de sal por el mundo y crear esta quimera que será inolvidable. Fue indispensable el apoyo de su galería, Barro, y de mecenas, sponsors y coleccionistas privados.

Co-exist, la apuesta de China, explora la conexión entre filosofía tradicional, tecnología y naturaleza a través de doce colectivos. Aquí sí se nota la fluidez de fondos. Por ejemplo, un laberinto de espejos y cultivos donde perderse y encontrarse en los Giardini.

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Otra instalación inmersiva silenciosa y calma es la del pabellón de Arabia Saudita, donde la artista Dana Awartani presenta Never Let the Tears Weep Dry on the Stones, una instalación monumental compuesta por más de 29.000 ladrillos de arcilla. Hubo presupuesto holgado, claro. La inspiración llega de mosaicos árabes de sitios culturales milenarios que hoy están amenazados por conflictos. Bellísima.

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Otro de los más hermosos universos es el que crea Geographies of Distance: Remembering Home, el pabellón de India, que utiliza materiales tradicionales para reconstruir recuerdos personales y colectivos. Un palacio construido con hilos, un mural de tierra resquebrajada, un ramo de flores colgantes, una cueva de bambú: ideas acerca de la noción de hogar.

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En el pabellón de España, Oriol Vilanova con Los Restos, cubrió las paredes con una colección de 50000 postales. Una enciclopedia visual del mundo.

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En el de Italia, Con te con tutto, de Chiara Camoni, exhibe esculturas antropomórficas de cerámica, escala humana, que dialogan con el público en una penumbra que remite a lo ancestral.

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En cambio, hay música fuerte y los ojos se encandilan con las luces y destellos del pabellón de Grecia, que se convirtió en una especie de cueva tecnológica, un Escape Room, como se titula. Es posible acostarse en puffs o jugar con el propio reflejo en las animaciones de la pared: una caverna platónica en la era de la posverdad. Andreas Angelidakis, el artista, interpreta los pabellones nacionales de los Giardini como “cuevas coloniales y fascistas congeladas”, creadas para transmitir agendas políticas específicas. Tiene un punto.

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De una belleza ancestral es la presentación de Perú con From Other Worlds a cargo de una artista indígena, Sara Flores, bordadora excepcional de la rica tradición Shipibo-Conibo, maestra del arte Kené. Sin traicionar su esencia, ha hecho una colaboración con Dior, y ha exhibido su trabajo en espacios como White Cube en París y Nueva York, Musée du Quai Branly-Jacques Chirac en París, y El Museo del Barrio en Nueva York.

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Antifrágil, de la artista Margaret Whyte, curada por Patricia Bentancur, es el envío uruguayo, único país latinoamericano con pabellón propio en los Giardini. Esculturas blandas, de tela, que hablan de problemáticas sociales y de género, y que proponen una idea. Aporta el concepto de lo antifrágil: “Sistemas que no solo resisten el desorden y la inestabilidad, sino que se fortalecen y transforman a partir de ellos. En contraste con lo frágil, que se quiebra ante la presión, y con lo robusto, que apenas resiste sin alterarse, lo antifrágil encuentra, en la vulnerabilidad y en la exposición al riesgo, la fuente misma de su potencia”.

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Algo así se encuentra también en el pabellón de Chile. Inter-Reality, la instalación del artista Norton Maza, es una especie de barco encallado en equilibrio inestable, que dentro despliega dioramas artesanales que evocan la inventiva regional. Migración, fake news, violencia cultural, crisis ambiental y referencias al arte clásico (Rembrandt, Vermeer y Caravaggio), de todo esto habla esta obra.

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Brasil también pisa fuerte con dos mujeres artistas Rosana Paulino y Adriana Varejão. La propuesta se titula, Comigo ninguém pode, algo así como “Nadie puede conmigo". Heridas coloniales desde diferentes perspectivas femeninas, en pintura, cerámica e instalaciones. 

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¿A quién votará el público? Hay dos firmes candidatos. El primero es Austria, a juzgar por las horas de espera que hace el público para poder entrar a ver Seaworld Venice, la instalación de la artista Florentina Holzinger que aborda el apocalipsis climático desde espectaculares performances de altísimo voltaje. Un espacio caótico e inundado con agua sucia, donde los cuerpos desnudos parecen torturados: están colgados con arneses de una veleta gigante, sumergidos en una pecera o contorsionados. Hay cierto morbo en el espectáculo no apto para todo público, pero es innegable que Holzinger interpreta las energías del mundo actual, las capta y traduce, las pone en la cara de todos. Por eso, si hubiera un jurado de entendidos, muy probablemente se habría llevado el Oro. Críticos, curadores estrella y directores de museos internacionales estaban fascinados con su obra.

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Pero con el voto del público, la apuesta Grass Babies, Moon Babies de Japón tiene todos los números. Un espacio lúdico donde jugar con 200 bebés de juguete, con anteojos de sol y diferentes rasgos étnicos.__IP__

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El visitante puede alzarlos, cambiarles el pañal, darles la mamadera, pasearlos en cochecito. El artista Arakawa-Nash introduce en el hervidero político mundial de este teatro de las naciones algo tan humano como los cuidados y la ternura. Bebés de la hierba, bebés de la luna habla de su propia paternidad queer, pero también, de la condición humana. #AgenciaNA.